Maternidad Líquida

Por Adrián Cordellat / Ilustraciones: Clara Montagut

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El sociólogo polaco Zygmunt Bauman, Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades (2010), acuñó el concepto modernidad líquida para definir el estado volátil y fluido de la sociedad moderna, caracterizada por la ausencia de valores sólidos, la vertiginosa rapidez de los cambios y la incertidumbre que acompaña a la sociedad, desprovista de los vínculos humanos precedentes y entregada a un mundo individualista en el que los lazos relacionales se han vuelto cada vez más frágiles y provisionales.

Según Bauman, el ser humano vive con miedo a establecer relaciones duraderas y los lazos solidarios brillan por su fragilidad, dependiendo muchas veces de los beneficios que generan, y habiendo siendo impregnados por la esfera comercial, en la que todo se mide en términos de coste y beneficio. En ese contexto, la familia nuclear se ha transformado también en una “relación pura” en la que cada socio puede abandonar a los otros a la primera dificultad. El amor también se vuelve líquido, informe.  “La vida líquida es una sucesión de nuevos comienzos con breves e indoloros finales”, afirma Bauman.

En este contexto de sociedad, la maternidad también pierde solidez y se empieza a derretir. Gota a gota. La incertidumbre, el miedo, los cambios, la individualidad, la falta de vínculos y la ausencia de solidaridad también afectan a las madres, que viven la experiencia, muchas veces, con una sensación de soledad y de falta de referentes impensable hace algunas décadas. ¿Podemos hablar, por tanto, de maternidades líquidas?

Un poco de historia

 “El cambio de modelo económico que tuvo lugar en España en la segunda mitad del siglo XX  provocó, entre otras cosas, un traslado demográfico a gran escala de las zonas rurales a las urbes y contribuyó a afianzar un cambio importante en las organizaciones familiares, consolidándose el llamado modelo de la familia nuclear, que hasta entonces convivía con las familias compuestas por varias generaciones. Había, por tanto, redes familiares mucho más extensas y fuertes que sin duda darían cobertura a las mujeres en las tareas de crianza. Redes que tendieron a desaparecer y disgregarse fundamentalmente a partir de la década de los sesenta”, apunta Paula Martos, historiadora y creadora del blog Sin chupete.

De la misma opinión es Cira Crespo, historiadora, autora del blog Maternalias y coautora, junto a Mariona Visa, del libro Madres en red: del lavadero a la blogsfera: “En las ciudades, a partir del siglo XIX, los pisos empezaron a hacerse pensando en esta manera de organizarse. Ya no cabían más abuelos, ni tíos. Nadie más que no fuera la familia nuclear. Ahora tendemos a vivir solos. Nuestra única compañía es la pareja y los hijos. También intentamos relacionarnos lo mínimo posible con los vecinos. En las grandes ciudades casi no sabes con quien compartes rellano. Y si te falta sal, siempre hay un chino abierto”.

La bibliografía de algunos autores es bastante sintomática a este respecto. Es el caso de la del escritor valenciano Rafael Chirbes, fallecido recientemente. En una de sus primeras novelas, La buena letra (1992), Chirbes nos lleva a la España de la posguerra, al seno de una familia amplia en la que conviven abuelos, padres, tíos y nietos. Todos bajo un mismo techo. En En la Orilla (2013), su última publicación, la familia protagonista, ya sumergida en la era de la modernidad líquida y atrapada en la crisis económica y de valores, está compuesta por un anciano, cuyo cuidado está privatizado en la figura de una inmigrante, y su hijo soltero. El resto de la familia se ha dispersado y sólo se ve de vez en cuando, un de vez en cuando que cada vez equivale a un periodo de tiempo más amplio. Sus vínculos apenas son sostenidos por un hilo invisible que los mantiene aparentemente unidos.

La privatización, precisamente, es otra de las cualidades que Bauman otorga a las sociedades líquidas. Todo se privatiza, incluso los cuidados familiares. Lo define a la perfección el escritor italiano Antonio Scurati en su novela El padre infiel (2014): “Permanecíamos allí, padres y madres de este nuevo milenio, varados en el terreno inundable de una historia que no era nuestra, y mientras tanto el sol se ponía sobre la vanguardia de un ejército de cientos de miles de extranjeras dedicadas a cuidar de ancianos que no eran suyos, de enfermos que no eran suyos, de niños que no eran suyos. El Estado del bienestar había privatizado, silenciosamente, esos cuidados mercenarios. Quien podía, pagaba. Quién podía, metía en su casa a una de esas mujeres venidas del Este, del Sur, del Tercer o del Cuarto Mundo. Porque ya se sabía: el Estado había desaparecido, la sociedad se había disuelto, la familia había sido subcontratada”.

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La familia despojada de sentido

El cambio de modelo económico, el paso de una economía doméstica y de subsistencia a otra productiva, capitalista e industrializada, trajo también consigo, como señala Paula Martos, “el desarrollo de la biopolítica”, el proceso por el cual los Estados empiezan a capitalizar e institucionalizar actividades como la crianza, la educación, la alimentación, los nacimientos o la muerte. “Las familias dejaron de ser un referente productivo y ese papel lo ocuparon las empresas; y también dejaron de ser un referente reproductivo, asumiendo los Estados ese papel. Ambas formas económicas, la productiva y la reproductiva, antes prácticamente indisolubles, ahora se disgregan. La familia pierde así, en parte, el sentido que tenía antaño”, apunta.

¿Y quién ocupa ahora el papel de la familia? ¿Quién ejerce esas funciones que antes estaban reservadas al entorno familiar? Martos señala a empresas e instituciones: “Si antes las mujeres controlaban completamente procesos tales como el parto, la lactancia o la composición alimentaria de la dieta familiar, a partir de este momento comienzan a ser los hombres, en calidad de médicos y científicos, los que se hacen cargo de todas estas materias, imponiendo un criterio científico que se convierte en criterio público cuando el Estado, constituido ya biopolíticamente, comienza a considerar la salud de la población como un elemento de vital trascendencia para su propia subsistencia”.

Las madres tienen menos familia, menos redes de apoyo y están más solas, pero a cambio, el mercado ofrece a las mujeres (“que, no olvidemos, por primera vez dejan de ser exclusivamente madres”) la posibilidad de integrarse en la red de capitales y de producción propia de las sociedades capitalistas, “lo que les ofrece unas garantías económicas que antes no podían tener. Y así, el papel que antes realizaba la familia se delega ahora en dos figuras: el maestro y el médico”.

¿Podríamos hablar entonces de la soledad de las madres? ¿Se afronta la maternidad hoy en día de una forma más solitaria? “Sí, a principios del siglo XXI una de las características principales de la crianza es que se ejerce en soledad”, afirma Cira Crespo. Para la autora de Maternalias, en la actualidad los niños son sólo cosa de sus padres y, a veces y con suerte, de los familiares más cercanos: “Creo que sería bonito y más fácil si además de nosotros, toda la comunidad se sintiese responsable de nuestros hijos. Que pudiésemos contar con el tío o el vecino para que nos echara una mano, que la señora del parque se preocupara de que nuestro hijo no cruce la calle en rojo o que el cuñado le quitara los mocos. Decía Karl Vonnegut que un marido, una esposa y algunos niños no son una familia, son una unidad de supervivencia terriblemente frágil. Y es verdad, necesitamos más gente”.

No tiene tan claro que sea factible hablar de la soledad de las madres Paula Martos: “Entiendo que muchas madres, principalmente las que se resisten al nuevo modelo porque no forman parte del mercado, y porque se resisten a la labor de normalización que realizan las instituciones, se sientan solas: se han quedado sin lo uno y sin lo otro. Pero creo que para las mujeres que sí han entrado en la rueda, las empresas y las instituciones alivian la soledad que deviene de la ruptura de los lazos familiares”.

Por su parte, Samantha Álvarez, socióloga y autora del blog Menuda noche me ha dado, considera que la soledad es algo que impregna hoy en día a todas las facetas de la vida, puesto que vivimos en una sociedad que potencia valores como el individualismo o el consumismo: “El entorno ha cambiado y nos ha llevado a una situación muy distinta, donde la inestabilidad (en todos los aspectos) es el hecho más destacado, lo que hace que la mujer deba vivir su maternidad de distinta manera. La mujer ya no tiene un círculo familiar extenso en el que apoyarse, pero no creo que viva en soledad su maternidad. Crecemos en un entorno que ya es así y mucha madres ni siquiera se plantean el hecho de ‘compartir’ su maternidad”.

Sociedad Internet

Otra de las características que Zygmunt Bauman atribuye a las sociedades líquidas es el auge de la precariedad, la transitoriedad y la volatilidad de nuestras relaciones. Internet, por tanto, es el paradigma de este nuevo concepto relacional cuya mejor expresión podría ser esa vinculación sin rostro que ofrece la web. La red de redes es el ecosistema perfecto para la proliferación de relaciones frías, sin implicación, que se pueden desechar al primer contratiempo porque en ellas no se asume ningún tipo de compromiso.

La soledad nos hace sentir más miedo (otro de los atributos característicos de las sociedades líquidas), hace que tengamos menos manos en las que apoyarnos. En ese contexto, Internet no es nada más ni nada menos que la sociedad actual en relación. Nos ha gustado tanto que nos hemos echado a las redes con toda la pasión del mundo porque necesitábamos reconstruir la comunicación como agua de mayo”, reflexiona Cira Crespo.

La cuestión es si la soledad, unida a esa vorágine de sentimientos y novedades que acompañan a la maternidad, acaba empujando a las madres hacia Internet en busca de apoyos,  comunicación y comprensión. La autora de Maternalias lo tiene claro: “Los humanos somos seres sociales y estar solos en nuestras casas no nos gusta nada. Nos gusta hablar, compartir, criticar, conocer. Eso pasa en cualquier circunstancia, pero imagínate cuando tu vida se queda patas arriba, cuando nace tu hija y nunca habías visto una cosa tan hermosa que necesita tanto y no tienes ni idea de qué hacer con ella…La necesidad de hablar de todo ello en esos momentos diría que es casi física. Y entonces abres la pantallita del ordenador, a ver si hay alguien por ahí”.

La socióloga Samantha Álvarez, por su parte, no cree que la soledad sea siempre la razón que lleve a las madres a buscar apoyo en Internet. “La red es también un canal en el que descubrir qué identidad quieres para tu maternidad, descubrir inclusive con qué estás de acuerdo y con qué no. También es una manera de enfrentar la incertidumbre constante a la que estamos sometidos. Sobre todo en este contexto en el que “no te enseñan a vivir la maternidad” sino que nos enseñan a cómo ser “buenas madres” mediante el consumo y lo que los medios nos marcan como ‘correcto’ o no”.

En ese sentido, la autora de Menuda noche me ha dado, considera que las características de la sociedad líquidahacen que entren en conflicto aquello que nos enseñaron (y que era válido en un momento social distinto al actual), y aquello que realmente es”. En su opinión, más que hablar de maternidades líquidas podríamos hablar de las consecuencias de la sociedad líquida en la maternidad: “Afrontar la maternidad desde una perspectiva global, que estamos aprendiendo, es complejo. Como consecuencia de la liquidez social actual las mujeres no tienen referentes anteriores sobre cómo ser ‘buenas madres’. Es difícil ‘sentirse preparada’ o sentir que ‘es el momento’, ‘que puedes’. Internet se convierte entonces en un lugar en el que encontrar mujeres auténticas que comparten con nosotras algo. Algo que nos oriente y enfoque, que nos dé confianza en este mundo que parece se ha vuelto loco y no tiene por donde agarrarse

Preguntamos a la autora de Madres en red: del lavadero a la blogsfera, qué ha aportado internet a la maternidad, en qué ayuda a las madres a la hora de combatir la sensación de soledad que acompaña a muchas de ellas. Cira Crespo destaca tres aspectos: Por un lado la compañía (“Puedes interaccionar con otras madres, con gente afín, que está pasando lo mismo que tú. Eso te acompaña mucho y te hace minimizar muchos problemas”); por otro, la seguridad, un antídoto contra el miedo (“Te da información interesante y tomas decisiones con más seguridad y conocimiento de causa”); por último, la búsqueda de nuevos referentes ante la ausencia de los tradicionales (“Conoces otras realidades, manera diferentes de hacer las cosas y ves que no hace falta hacerlo todo como dice ‘todo el mundo’. Puedes buscar tu propio camino a la hora de criar”).

Pero, ¿hasta qué punto puede sustituir internet a los círculos de crianza de los que disponían las madres de mitad de principios del siglo XX? ¿Hasta qué punto una pantalla de ordenador puede sustituir a la comunicación interpersonal? “Sinceramente no creo que nada pueda sustituir un cara a cara. Los blogs te hacen compañía, te permiten conocer testimonios que te acompañan mucho, pero nadie va a venir a tu casa en un momento de histeria total para sujetarte o traerte una empanada para la cena… Eso tenemos que reconstruirlo de nuevo. Lo que pueden hacer las redes es dar el primer paso, ayudarte a conocer gente con la que puedas acabar tejiendo redes presenciales. Internet no suple, sino que intenta reconstruir algo que ya existía”, concluye la historiadora.

De la misma opinión es Samantha Álvarez. Para la socióloga, Internet no suple a los círculos familiares de crianza y su influencia en el cambio de nuestras relaciones como padres/madres y nuestra forma de crianza existe, pero es limitado. “La red es un espacio en el que intercambiar opiniones, un espacio en el que aprender y conectar con lo que éramos, aquello que siquiera somos capaces de imaginar. Sin embargo, la crianza se sigue haciendo a nivel local. La comunicación es global, pero la crianza es local. La educación es local, nuestros valores son locales… Entonces, ¿cómo hacer que algo global (incertidumbre, miedo, inseguridad, conexión, información…) influya en algo tan local como la crianza? ¿Cómo afrontar ese desajuste?”, se pregunta.

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Recuperando la maternidad

Con maternidad y crianza institucionalizadas y servicios y cuidados privatizados, Internet se presenta como el epicentro de una corriente que está permitiendo a las madres recuperar el relato y volverse a situar en el centro de la maternidad. “Lo más positivo que aportan las redes sociales a la maternidad es la ampliación de narraciones. Creo que cada madre que da su punto de vista, su opinión y nos cuenta su vivencia en primera persona, nos amplía las perspectivas y nos da la oportunidad a las demás madres de identificarnos o no. Pero lo bueno es que deja de haber un único modelo para hacer las cosas y las fronteras entre la buena y la mala madre se difuminan. Tenemos más oportunidades de encontrar la manera que más nos satisfaga de criar a nuestros hijos, de relacionarnos con ellos”, reflexiona Cira Crespo.

Aún queda, sin embargo, mucho camino por recorrer, como demuestra, según la autora de Maternalias, el peso que aún siguen teniendo médicos, maestros y demás instituciones en nuestras vidas: “La sociedad sigue marcando mucho el paso y nos sigue presionando para que hagamos las cosas en un sentido o en otro. Creo que todas las madres hemos sentido esa presión por hacer las cosas como se supone que es debido”.

El argumento lo corrobora Samantha Álvarez: “Aunque haya desaparecido la familia extensa, el control social sigue siendo elevado. Ahora más que nunca, a través de la publicidad o la educación, nos dicen cómo tenemos que hacer las cosas”. Para la socióloga, ejercer la maternidad en este nuevo contexto “es enriquecedor, pero por otro lado conlleva una gran responsabilidad. Buscar alternativas, formarse, elegir y tomar una decisión distinta a los grupos sociales inmediatos es complejo de sobrellevar y de desarrollar en la práctica”.

Como asegura la historiadora Cira Crespo, la red ofrece muchas y nuevas oportunidades, pero recuperar la maternidad no va a ser una tarea fácil: “Son muchos siglos de imposiciones, de menoscabo de nuestra autoridad materna y de hacernos sentir muy culpables. Ahora vamos conociendo nuevos discursos, otras maneras de hacer las cosas, de ser madres, pero aún seguimos siendo una minoría”.

Aún.